Alicia sonriente en el esplendor de su carrera como cantante.
TODOS ME DECÍAN: “¡CHE! ¿NO TE ARRUINÁS LAS MANOS?”. Y YO LES RESPONDÍA: “NO, SINO LAS USO”
Especial: Agosto mes de la radiodifusión en la Argentina.
Al subir al auto, en el asiento del acompáñate estaba Alicia Ardel. Por su tono de voz y por su pelo blanco, el cual era la única parte del cuerpo que podía ver desde atrás, de seguro que tendría más de 80 años. Nos dirigíamos hacía un café tranquilo en el cual pudiésemos tener una conversación, pero mientras llegábamos al lugar, una estampida letárgica de automóviles consumía el tiempo que teníamos destinados para la entrevista. A Alicia le preocupaba el tráfico de la ciudad, se quejaba constantemente y me preguntaba que cómo era en mi país. “Peor”, le dije. Ella no lo creyó e insistió que el de Buenos Aires era más grave y que cuando era niña esto no pasaba. Sentí que ella trataba de realizar una disculpa apoyada por el recuerdo de su infancia y por la sensación de un pasado mejor.
En un momento, el silencio se concentró en el interior aunque sonara pasito la radio. Yo quería empezar a hacer la entrevista, pero se me hacía prematuro. Sabía que la música para Alicia era como los libros para Borges. También sabía que fue la esposa de Enrique Susini y que junto a él, además de la radio, habían aportado enormemente al teatro, la opera y la televisión. Pero mi poco saber no podía ser completado por algunas averiguaciones inconclusas o por lo que aparece vagamente en el internet. Yo quería que ella me contara su historia.
Al llegar al MALBA, le ayudé a bajar y tuvimos nuestro primer contacto visual. Antes nuestra comunicación estaba mediada por las palabras que sostuvimos en el interior del auto. El café estaba lleno, y la señora que se veía cansada pero con una de las miradas más dulces que he visto, aceptó a ir junto con su sobrino a otro café cercano. Ahí nos disponíamos a empezar mientras el camarero se acercó a tomar la orden.
- “¿Café y medialunas?”
- “Que más puedo pedir”, dijo Alicia.
Tras la retirada del camarero, iniciamos nuestra conversación:
-¿Cómo empezó su carrera como cantante?
-Eso fue ya en la última escala de mi carrera musical. Cantar me gustó siempre desde que nací, ya de chica empecé a estudiar el piano.
-¿Usted tenía piano en su casa?
-No, yo iba a la casa de la profesora. Por suerte vivía relativamente cerca, e iba con mi hermana que era mayor, porque yo era bastante chica y andar sola y cruzar las calles… es cierto que en aquella época había muy poco tráfico ¿no? No es como ahora, las calles tenían un auto por día cuando yo tenía esa edad (entre risas).
-¿A que edad entonces le dieron su primer piano?
-El piano me lo habrán comprado a los 11 o 12 años, pero yo desde los 9 estaba estudiando en Tigre. En esa época no hay los autos que hay ahora, podíamos ir las dos nenas caminando. Nos quedaba derecho, no había tráfico, pasaban dos o tres autos por día.
-¿Después de su adolescencia cómo se empieza a afianzar su carrera musical?
- El profesor era un músico de orquesta y no tenía mucho tiempo, entonces encontré otro mucho más cerca de mi casa, que no era de piano realmente y seguía dando los exámenes en el conservatorio Gaito de Buenos Aires. Era uno de los grandes conservatorios que los manejaba el maestro Gaito y la esposa.
-¿Cómo entró al conservatorio?
-La profesora de Faramía me debió haber dicho -por piano-, di el examen y entré al Conservatorio Nacional, pero empecé con una profesora particular a cantar.
-Y le quedó el gusto por el canto.
-¡Claro! Fue muy lindo. Cómo sabía música de las escuelas primarias me conocían porque yo hacía festivales, cantaba y me llamaban para las fiestitas de fin de año… para el 25 de mayo “Alicia nos venís a preparar el corito”, me decían. Ahí yo preparaba los coritos de 2 o 3 escuelas primarias de Tigre. Entonces estaba cada vez más metida en el asunto de la música y empecé a dar clases recién me recibí del Gaito.
-¿Se graduó del Gaito y cómo es que entró al Conservatorio Nacional?
-La misma profesora del Gaito me decía: “Vos tenés demasiado talento, no lo desperdicies. No estudiés en la esquina de tu casa, andá al Nacional”. -Bueno está bien, me tardé un poquito, al final di los exámenes y entré. Ellos mismos se dieron cuenta que yo tenía capacidad para seguir la carrera, entonces me mandaron inclusive con recomendaciones.
-¿Cómo se sintió? Ya que usted venía de una escuela pequeña.
- Ahí empecé a estudiar canto en serio. Me sentía muy cómoda, la daban de una manera individual. Tenía el profesor dedicado a uno mismo.
-¿A Enrique Susini lo tenía cómo profesor?
-Como profesor de foniatría. Empezó con foniatría y de foniatría a canto.
-¿Ahí empezó su relación sentimental?
-No, bueno en ese momento era más chica, pero como después seguí con él y él era también director de teatro, operetas y cosas musicales y lógicamente yo ya estaba estudiando canto, ya era más grande entonces. Empecé cuando él hacia alguna obra, que sé yo, me llamaba también para trabajar por supuesto, me daba papeles como cantante.
-¿A que edad empezó a trabajar con él?
-Tendría 15 o 16. Empecé con Enrique en cosas de conciertos, después más adelante vino el teatro.
-¿Y cómo fue la experiencia en el teatro?
-En mi casa juntaba a mis alumnitas y hacía comedias y hacía cosas. Tenía ya la disposición para eso.
-¿En que obras participó?
-Participé en varias.
-¿Las más resaltantes?
-Viejo Patio Porteño, Canción de Primavera, El Conde de Luxemburgo, La Viuda Alegre, El país de las Sonrisas, La Geisha. Todo comedia musical, estudié un poquito de baile, un poco de todo porque para eso se necesita.
-¿Y el señor Susini?
-Él dirigía.
-¿Todas esas obras?
-Sí casi todas, productor y director.
-De los 18 a los 25 tuvo una época muy prolífica, en ese momento ¿cómo era la relación con Enrique Susini?
-Y bueno el era el director, hacia espectáculos, presentaba espectáculos
-¿Y sentimentalmente?
-Yo empecé con él en uno de sus espectáculos, Mi Viejo Patio Porteño. Yo era alumna del Conservatorio Nacional cuando empecé con Enrique. Y luego él hizo el teatro, que fue El teatro Ariel, un teátrico precioso.
-¿Era de él?
-Sí sí, lo hizo hacer él. Hoy tiene otro nombre no me acuerdo, era en la calle Esmeralda a paso de Corrientes.
-¿Pero sentimentalmente? ¿Cuándo la invita a realizar unos viaje a Europa y por los Estados Unidos?
-No me acuerdo.
-¿Entonces cuándo pasó de ser Alumna a compañera sentimental?
-Se suponía que era alumna, ¡ah! Que mal pensado (entre risas).
-¿Cómo recuerda los viajes a Estados Unidos y a Europa?
-Cuando fui a Estados Unidos teníamos una relación bastante cercana, pero todavía no teníamos una relación y ya de vuelta me relacioné.
-En Estados Unidos se entrevistó con Lily Pons…
-Sí, digamos el tenía interés. Había viajado por eso, para traerlos a Buenos Aires al Teatro Colón.
-¿Lo consiguieron?
-Sí, vinieron a Buenos Aires, hicieron unos cuantos conciertos con mucho éxito en una audición de radio -que todavía había audición de calidad en la radio-, en Radio Belgrano. Muy bien.
-Me contaron que vio la colección de mates de Lily Pons
-Sí, estuve en la casa, coleccionaba mates (entre risas). Me divertí allá en Nueva York al estar viendo una colección de mates.
-¿Qué impresión le quedó de los viajes?
-Fantástico, porque conocí a tanta gente, gente que yo sólo había leído en las revistas y en los diarios y nada más. Me las presentaban y me invitaban a comer o a tomar el té, que sé yo. Yo estaba en la gloria prácticamente, una época lindísima para mí, justo en lo mejor de mi carrera en lo más importante de enseñar piano y enseñar canto.
-¿Hizo alguna obra en Europa o en Nueva York?
-Si hice. Conciertos individualmente como cantante, canciones liricas.
-¿Cómo le fue?
-Bien, porque de pronto llamaba la atención porque cantaba en castellano. Muy lindo.
-¿Dónde se presentó?
-No me acuerdo, porque yo lógicamente todavía no manejaba el idioma.
-¿Cuándo volvió a Buenos Aires cómo la recibieron?
-Ahí está la cosa. Ahí estuvo bien también sobre todo la radio, Radio Belgrano ¡en ese momento…tuve dos discos con RCA Víctor!
-¿Cómo le fue con sus discos?
-Bien bien, era una cosa nueva la que se hacía… español y opereta, como de eso no había enseguida toda la primera camada de discos que salió -salió bárbaro- se agotó todo. Luego, empezó el jazz y todo eso y las compañías que grababan querían lo moderno ¡opereta al diablo!
-¿Cómo se sintió ante eso?
-Eso es lo normal, porque todo envejece además de uno. Ya lo hice, ya fue. Yo ya me dedique a profesora de canto en el Conservatorio Nacional de música y me dediqué más a la enseñanza y bueno teniendo un puesto de esos no podía andar por los escenarios, no quedaba bien. Ya me habían visto, muy lindo que me recordaran, pero ya basta, ya estaba de profesora.
-¿Cómo recuerda la imagen de su esposo?
Un tipo fantástico, un tipo inteligente; hablaba 5 idiomas, todo era fácil para él; en química ni hablemos, como médico; era un químico bárbaro. Y la cultura de él era inacabable ¡inacabable! No importa lo que fuera, él lo sabía y en cualquier idioma. Yo que soy jovencita no me acuerdo ni la quinta parte de lo que se acuerda él, era normal eso para él.
-¿Algo en lo que Enrique no fuese bueno?
-Yo no se lo conocí, era bueno en todo, hasta en la cocina.
-¿Cómo fueron sus últimos momentos? ¿Qué hacía?
-Seguía en lo mismo, se enteraba de todo, hablaba con todos, hacia cenas, invitaba a las personas más importantes generalmente de la música, de la política, de la radio, porque prácticamente la radio en Buenos Aires la fabrico él.
-¿El fue director de fotografía del canal 7?
-Director artístico, el me hizo cantar para el número inaugural, canté yo una obra en la inauguración. Era una orquesta, todo en vivo.
-¿Como se sintió con el cambio?
-No tanto la cámara como el micrófono. La radio me mataba, era lo más sonso, parada delante del micrófono. Eso no me gustaba.
-¿Le gustaban las cámaras?
-La televisión sí, la tomaba como teatro, en cambio la radio ¡ahí no!
-¿Cómo describiría su vida?
Una vida normal, estudiando, siempre tuve ese vicio en la casa. Me casé con Enrique, tocar el piano, cantar, recibir visitas. Porque él no me dejaba hacer nada, ni entrar a la cocina. Yo creo que no sabía donde quedaba. Todos me decían: “¡Che! ¿No te arruinás las manos?”. Y yo les respondía: “No, sí no las uso”.